Belleza de diosa

por Tatty Montanari

Me costó muchos años y varias batallas frente al espejo pero al final he aprendido a amar mi reflejo y hoy me gustaría compartir con ustedes lo que aprendí en esta guerra.

Desde pequeña he escuchado que soy una niña hermosa. Recuerdo que en las reuniones familiares mis tíos llenaban de felicitaciones a mi madre por la hija tan bonita que tenía.

Pero lo único que veía en el espejo era una niña pequeña, con el cabello enmarañado y una sonrisa rarísima.

Cuando llegue a la adolescencia esa situación comenzó a tener una relevancia mayor en mi día a día. Por supuesto me gustaban los chicos y quería que se fijaran en mi, y fue entonces cuando note que yo no cumplía con el estereotipo.

Mis compañeras, que siempre iban bien peinadas, con su ropita femenina y su actitud de señorita, empezaron a tener novio.

Y a pesar de que mis compañeros no me miraban ni por mal pensamiento, cada vez que un adulto me conocía me hacía algún cumplido sobre mi apariencia.

Con el tiempo comencé a pensar que los adultos veían algo que nosotros los muchachos no podíamos ver.

Pero la realidad era que no importaba lo que pensaran los adultos ya que no era su atención la que yo quería.



Creo que fue ese el momento en donde sentí que siempre sería el patito feo. Por supuesto las hormonas de la adolescencia hicieron que todo pareciera mucho peor de lo que era.

Buscaba ponerme ropa linda, algo sexy si era posible, me arreglaba el pelo y me lo planchaba con fuerza con la esperanza de que los chinos nunca volvieran. Aprendía a maquillarme y probablemente abuse de esto en más de una ocasión.

Y aun con todo el outfit no me sentía hermosa e incluso me sentía muy incomoda.

Cuando empecé a tener novio, descubrí algo que me dejo aun más confundida. No solo los adultos podían ver esa supuesta belleza, también mis novios. ¡Y como la alababan! Pero yo seguía sin ver aquello de lo que hablaban.

Lo más triste fue el día que al mirar el espejo, no me reconocí a mi misma. Me sentí perdida, y en una búsqueda por reencontrarme, boté la ropa linda, el maquillaje y la plancha para pelo, y decidí no preocuparme por como me veía.

Claro está que esa no fue la solución.

En medio de este desinterés por mi misma fue que empecé a escribir. Había encontrado una pasión y era maravillosa esa sensación. No paraba de teclear palabras que al juntarse, formaban una historia maravillosa.

Un día de esos en que me sentía muy inspirada, me compré un bonito suéter.

Mas o menos 1 semana después, estrenando mi suéter, decidí ponerme un poco de brillo en los labios. Y así, poco a poco, fui recobrando un interés en verme bien.

El día en que terminé mi primer libro me sentí hermosa. Era una supermodelo. Era una diosa.

La siguiente vez que alguien me hizo un cumplido, me lo creí.

Poco a poco fui comprando ropa que me gustaba, no importaba si era lo que estaba de moda, si era sexy o si estaba feo. Si me gustaba y me sentía cómoda, estaba bien.

El maquilaje, como otros cuidados personales, se volvieron una forma de apapacharme, de quererme, de preocuparme por mi misma y no por como me veían los chicos.

Empecé a sentirme segura de mi misma no por mi apariencia, sino por quien era. Una escritora, una mujer que amaba, una persona que se preocupaba por la gente a su alrededor y todo eso, me hacía sentir bien conmigo misma.

Todo eso, me hacía sentir bellísima.


Mi cabello sigue siendo chino y se enmaraña, me siguen faltando dos dientes y mi sonrisa es rarísima, a veces me visto que doy pena y nunca he conseguido que el maquillaje del ojo izquierdo sea igual al del derecho, pero me encanta mi reflejo.

La belleza es algo subjetivo.

Obvio, para un adulto, una niñita con ojos tiernos le parece adorable, pero para un niño esa misma niña era un desastre. Por supuesto que tu novio, que te quiere y te adora, te ve como Halle Berry, pero para tu hermano eres un chango.

En mi experiencia, aunque suene muy trillado, el truco para que a tus ojos seas increíble es sentirte bien contigo misma. Hablar como te gusta, vestir como te gusta, maquillarte o no pero solo porque tu así lo quieres, hacer lo que te gusta y sentirte orgullosa de quien eres. Toda una diosa.

Porque no hay nada tan hermoso como aquello a lo que amamos.

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